lunes, 5 de mayo de 2014

Aprender a... irse, a cambiar a tiempo y con dignidad (de Valeria Villa)

Irse con dignidad y agradecimiento de las relaciones que han sido importantes, por el tiempo que han durado, por la relevancia de lo compartido, por la intensidad si es que fueron breves, es dificilísimo. Muchos y muchas pierden el estilo. Gente que ha sido sensata y tranquila hasta ese momento, se convierte temporalmente en alguien deteriorado. No sé si es la deformación que el cine o la literatura han provocado en nuestras mentecitas frágiles, pero algunos parecen convencidos de que si no es un drama con lágrimas, reclamos, cartas de destrucción, víctimas y victimarios a escena, no es final digno para un gran amor.

Menos es más es una regla fundamental para escribir bien y útil para todas las dimensiones de la vida. El estilo melodramático, tan típico de las telenovelas, puede ser entretenido para sentarse en un sillón a no pensar en nada. Pero no sirve para vivir. Desgastarse innecesariamente en horas de discusiones y en reclamos, solo intensifica el dolor y el rencor. La compulsión a aclarar cosas, a saber todas las “verdades”, es un acto sadomasoquista. 
Si fuéramos capaces de filtrar las cosas realmente importantes, quizá seríamos un poco más pausados cuando llega el final de las cosas. Se acaban relaciones de años y años de matrimonio; relaciones cortas pero intensas que parecían el antídoto del desamor; dejamos de ver amigos que fueron entrañables en nuestra adolescencia y que en la vida adulta se han vuelto alienígenas con los que ya no podemos comunicarnos. Se rompen las cosas, se acaban los ciclos; un trabajo de ensueño se vuelve un infierno con el cambio de administración. Y la vida sigue.
La resiliencia es una fortaleza humana, que permite salir adelante de casi cualquier situación crítica o dolorosa.  Lo más concluyente por ahora, después de haber sido nombrada y estudiada desde hace un par de décadas, es que algunas personas la tienen más desarrollada que otras. Por herencia, por temperamento, por haber tenido modelos fuertes que imitar. Hayamos llegado temprano o no a la repartición, todos necesitamos reponernos de los golpes de vivir.
Si alguien pensó que la vida debería ser más fácil, se equivocó. Otra cosa es complicársela quedándose en lugares donde el balance entre bienestar y sufrimiento es negativo. Moverse de lugar puede ser señal de madurez. Quedarse demasiado tiempo o para siempre en lugares destruidos, en donde no hay posibilidades de crecimiento, podría ser interpretado como estabilidad o como capacidad de compromiso, pero quizá solo es miedo y falta de decisión. Preferir las cosas como están porque la angustia del cambio es demasiada. De poderse, se puede lo que sea. Nadie, nunca, desde ningún trono de sabiduría, puede decirle a los demás cómo deberían vivir.
Mi única propuesta menos es más. Si van a enojarse con alguien, sean breves y cuiden las palabras que usarán. Si una relación se termina, despídanse con aplomo en cuanto sea posible. A veces hay que llorar un rato y a solas para poder salir a decirle al otro gracias por todo, que te vaya bien. O algo así.
La vida no es una telenovela, aunque a veces parezca. La vocación al drama, casi como definición del carácter nacional, es estéril. Llorar las pérdidas no es lo mismo que andar por la vida con cara de sufrimiento. O pensando en la venganza porque nos han tratado injustamente.

Todo se termina porque el corazón es caprichoso. Las emociones cambian, las ideas también. Mutamos de una década a otra, a veces después de una muerte importante o de una enfermedad o de la partida de los hijos. Si hemos sido capaces de reflexión, nunca somos los mismos, porque la vida da lecciones todos los días, solo que a veces las dejamos pasar de largo.
Deberíamos decir adiós más desapasionadamente y como señal de crecimiento.  Cuánto tiempo se sufre depende de cada persona y no es de ningún modo estandarizable.  Yo creo que menos es más: menos drama, menos lágrimas, menos palabras en vano, más agradecimiento por lo vivido y a seguirle. La vida siempre se termina inesperadamente.
Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa

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