sábado, 1 de septiembre de 2012

Aprender de ... nuestros amores.

Recuerdo con curiosidad el título de una película italiana (que por cierto, no he podido ver): Perdona si te llamo amor. No sé su argumento. Varias veces, -y cada cual más desacertada-, hemos hablado del amor en este Blog. Y ahora quiero retomar el asunto de la posesión amorosa, aprovechando las experiencias veraniegas que hayáis podido tener en nuestras relaciones afectivas y de amor, sea junto a nuestras parejas, nuestros hijos o simplemente nuestras amistades en la playa o en la montaña.

Definitivamente el que predica diciendo que el amor es desinteresado es un santo o un idealista o un auténtico esposo o padre de familia, o amigo. Todo amor espera su recompensa, una señal, un detalle por mínimo que sea. Y en ese sentido el amor es siempre egoísta. Tu pareja espera una compensación por el amor que da; un padre espera aprendizaje y una sonrisa inocente; una amistad espera una visita, una llamada, una comida debida. A mis cenas, yo no me guardo el mejor vino. Recientemente envié la mejor botella de vino de mi cava a un amigo ante una buena noticia laboral que le había acontecido. Y lo hice sin dudarlo, sencillamente por participar su alegría laboral.

Por eso sigo creyendo que sólo los virtuosos del amor saben lo que es el Amor; la mayoría de nosotros nos conformamos y habituamos con tener a alguien a nuestro lado, -llámese pareja, familia, amigo-, pero en el fondo lo hacemos más por los beneficios que nos reportan, por lo que nos pueden dar. Yo siempre recuerdo que mi madre dejaba el plato con peor y menos comida para ella, era la última en sentarse y la primera en levantarse. Así defino el amor práctico y verdadero. Pero cuando reservas el mejor plato para ti, eres el primero en sentarte y el último en levantarte, definitivamente te quieres más a ti que a tu amigo, que a padre o a tu hijo, que a tu pareja.

Yo creo que el verdadero amor sí existe entre parejas, entre padres e hijos, entre amigos. El problema es cuando este amor se ve afectado por el egoísmo, cuando busca su propio interés más que el interés del otro. Cuando la balanza está más cargada a favor del propio egoísmo que del amor, una relación de amor se deteriora y se pierde con el tiempo. En realidad el amor es imperfecto cuando amas más al otro que a ti mismo. Pero el amor es egoísta cuando te amas más tú que al otro. Y esos amores no tienen futuro y nos hacen perder el tiempo.

Por ello, este nuevo curso escolar será bueno para cribar nuestros verdaderos amores. ¿Amas más al otro que a ti mismo? Caminas por el buen sendero. ¿Te amas más a ti mismo que a tu pareja, que a tus hijos, que a tus amistades? Andas camino a la infelicidad, a la soledad. Perdona si te llamo amor... cuando no es amor verdadero. Suerte en vuestros amores blogueros.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Pues si, entonces amo a Hector, a mis hijos y a ti también!!!

El aprendiz de filósofo dijo...

¡Muchas gracias hermana! Sin duda eres una afortunada, pero porque también siempre has dado tu amor sincero.